ruedas giran veloces al pasado
derrapan en la incertidumbre/ las nubes
tragan secretos
para lloverlos
al suelo
estallan tormentosos
rumbo a África
Avión de morro oscuro atraviesa
la barrera de mi soledad
dolor/ viejo amigo
enfrentado a un diario de a bordo
el viajero rememora pasos
recupera llantos
a muchos pies de altura
la brújula marca el destino/ al revés
Avión de morro oscuro susurra
deseos de náufrago con pies de tierra
paracaidista estrellado
en el corazón encontrado
viajera de mi otro lado
ahogada en otros mares
confluyen ahora/ como antes
en mil y una tempestades
Avión de morro oscuro aterriza
donde el color revienta
y el calor abraza
pasaporte del país de la tristeza
a punto de sellar
la luz ha iluminado olvidos
un aeroplano va a despegar
Carga animal en Nacaroa, Mozambique- Foto: José Ramón HuidobroEstrada nacional
Fincado ao volante
acelera derradeiros
randes
na estrada
nacional
nº 1
José Craveirinha
La luz invade la sucia terminal
Transportes Oliveiras/ amanecer tropical
despiertan clientes de la estrada número uno
grasa en el suelo
multitud por arrancar
boletos para Maciá
El motor puntual arranca con prisa
se alimenta de kilómetros inciertos
no gusta de la capital
otros le roban apariencia
tose molesto
precisa intimidad
Y suceden paradas con olor a mercado
el presidente de mano en mano
los vendedores deben sobrevivir
el machimbombo engulle sus manjares
escupe monedas
antes de arrancar
Vehículo de los pobres
un billete de diez para viajar
forja el nacionalismo
regala el cielo
se alimenta del viento
se baña en lluvia
Y se llena de capulanas
y de harapos
y de niños encaramados
miran por encima del hombro
de las madres niñas
África no envejece jamás
Parada final junto al océano
las ruedas vuelven a girar
tubo de escape humea
hacia la estrada nacional
el camino se queda huérfano
el silencio echa a andar
Rasgos de mujeres en Pemba- Fotografía de José Ramón HuidobroLlegada a Pemba
El cielo viste de domingo
el domingo disfraza pasos
los pasos tiñen un atardecer
el atardecer canta gospel
El coro da frutos de baobab
el baobab se encarama a la luna
la luna salpica al océano
el océano bebe cerveza
El alcohol se emborracha de curanderos
los curanderos giran aros
los aros circunscriben tambores
los tambores desfilan en fila india
El sendero se traga al camión
el camión fabrica música tribal
las tribus engullen colores
los colores saltan hasta el cielo
Sou um soldado que se apaixona
pelo inimigo que vai matar
Mia Couto
El soldado afirma que no tiene problemas
No de hambre
está adiestrado para ayunar
No de fatiga
camina largas marchas sin reposar
No para la lucha
domina el cuerpo a cuerpo letal
El soldado se arma con un palo
protege la tierra del patrao
la noche le devuelve a su guerra
amparado en lo oscuro recuerda
el primer disparo por la espalda
no lloró/ era casi un hombre
creció entre muertos/ perdió la cuenta
Los días tachados por minas sembradas
las semanas por mujeres violadas
los meses/ aldeas esquilmadas
los ojos se hicieron callo
y llegó la paz/ ¿la paz?
El Frente condecoró al soldado
mercenario de la libertad
La madrugada ha irrumpido en el sendero
ha iluminado los ojos apaciguados en tristeza
crepitan débiles como brasas del pasado
de esa hoguera que se extingue/ en soledad
del sonido del viento le devuelve a la vida
las dificultades son ceniza/ le juraron
surgidos de otra guerra/ los padres de otra patria
Los problemas son menos problemas
cuando se ha hecho la revolución
la mirada está orgullosa
ante un pedazo de papel
que certifica con orgullo
que este soldado está liberado
de la menor preocupación
Ventanilla hacia adentro- Fotografía de José Ramón HuidobroEl problema mozambicano
Sobrevivos moçambiquicidas imolam-se mesclados
no infuturo
José Craveirinha
El machimbombo se atraganta
carraspea aburrido/ ausente
un uniforme gris levanta su manga
y bajo una gorra
nace un eructo con palabras
autoridad/ detenga motor
traqueteo/ ronroneo/ hipo/ silencio
paso ruidoso/ uno/ otro/ taconazo
el agente se rasca la cabeza
abrupto
DOCUMENTACIÓN
murmullo
un paso
una cédula
otro paso
otra cédula
otro paso
niño asustado
¿dónde tu cédula?
perdida
¿qué haremos?
(se sienta/
sonríe)
contempla al infinito
le golpea
¿qué haremos?
mantiene la mirada
¿detención?
hurga en su bolsillo
unas monedas
la mano autoritaria
arranca el botín
una voz resignada/ avergonzada
proclama entre dientes
el eterno problema
el problema mozambicano
paso orgulloso/ otro/ taconazo
el uniforme da permiso
silencio/ hipo/ ronroneo/ traqueteo
primera/ segunda/ tercera marcha
y vuelta a empezar
El camino muerto- Fotografía de José Ramón HuidobroEl tanzaniano
“El camino que ahora se abre a nuestros ojos no se entrecruza con ningún otro. Está más tumbado que los siglos, soportando solo toda la distancia”
Mia Couto
Tierra sonámbula
El tanzaniano llegó puntual a su cita. El destartalado vehículo desafiaba al amanecer y a la carretera con un motor experimentado en emociones. La noche desaparecía a su paso y la primera luz del día iluminaba un trayecto que partía en dos a las aldeas ya divididas. Las chozas despertaban a sus inquilinos, quienes medían el tiempo con un reloj que alargaba los segundos hasta hacerlos horas y a las horas; años. Sólo el tanzaniano parecía desafiar al cronómetro. A su paso, todo cobraba impulso. Los habitantes se desperezaban para atrapar las monedas que salvarían el día de trabajo. Después, se aletargaban hasta que otras ruedas les despertaban.
El tanzaniano sufría atravesando la miseria de Cabo Delgado. En su itinerario, observaba a mujeres solas cultivando un campo baldío, a niños que tiritaban de frío empapados por el agua que transportaban sobre sus cabezas y a hombres que nunca envejecían. Las pendientes llevaban inevitablemente a otras y las curvas giraban sobre sí mismas para enderezarse en el momento más insospechado. Ante ese panorama, era difícil averiguar cuánta distancia había recorrido y cuál era la que faltaba para llegar a algún destino. El tanzaniano siempre se enfrentó a este eterno problema. Su procedencia, antes de llegar a esta provincia de Mozambique, era un misterio. Se creía que había viajado desde el país vecino y que la frontera le abrió la barrera con envidia, pues siempre añoró conocer otras naciones. Seguramente Tanzania sólo fuera otra escala más del largo camino que debió peregrinar. Ni siquiera el mecánico era capaz de interpretar los nostálgicos sonidos que del motor se escuchaban.
El contacto suspiraba espiritualidad oriental, ininteligible para los hombres que se habían educado al amparo de una larga guerra, antiguos enemigos que se miraban a los ojos y descubrían que lucharon a muerte defendiendo el mismo bando. El camino aún se asustaba cuando una mina despertada recordaba la sinfonía de sangre de aquellos años. Sus cicatrices eran ahora manoseadas por las rodadas de camionetas, hundidas bajo el peso de pensamientos aletargados. Recordaba esa sensación de desidia que invadía selvas habitadas por espíritus sin desarraigar, siempre apegados a la nada. El tanzaniano sentía los escalofríos del miedo cada vez que gritaba al viento su triste pena. A través de sus cristales, rayados por los kilómetros, decenas de ojos adormecidos parpadeaban los recuerdos de los que un día se fueron por aquel pavimento infinito, parcheado de amarguras silenciadas. Hijos que no regresaron, maridos que olvidaron sus aldeas y mujeres que aprendieron a no esperar.
La carretera descubrió que, más allá de la frontera, sus curvas conducían a otros lugares inmersos en el mismo dolor. Daba igual el color teñido del asfalto, los mojones se asentaban sobre el odio sin resolver. El sendero, apaciguador de las ruedas agotadas, no podía adivinar dónde estaba su principio y dónde su fin. El tanzaniano gritaba al horizonte su verdad más triste, de ella provenía y a ella desembocaba. Aquel viejo sentimental arrastraba su lamento, escrito en el firme con letras de caucho y sangre de gasoil. Su mirada se clavó en los ojos de un pequeño que jugaba con un aro de metal. Anheló volver a nacer en aquella resplandeciente llanta de deshecho. Su corazón aprovechó este impulso de frescura infantil para dejar de latir. La silenciosa despedida apenó a su amigo sol, quien se amparó en el paso de una nube para llorar sobre la agrietada grava. Fue entonces, cuando el conductor se dirigió a los pasajeros para comunicarles la fatal noticia. Por delante, el camino se sintió más solitario que nunca, incapaz de soportar por sí mismo el peso de la inexorable distancia. El tiempo se encargaría de borrar las trazadas para devolver a aquel lugar al originario estado de la inexistencia.
Baño público en la Ilha Moçambique- Fotografía de José Ramón HuidobroUn instante de eternidad
Desde abajo ves un hombre
dueño de su tiempo eterno
lo estira aburrido como una alfombra
y sigue la dinámica de su despliegue
escucha el contacto suave de su tela
que besa delicada la tierra somnolienta
deambula como un rey sin corona
gira su cabeza de izquierda a derecha
y sonríe a los súbditos de su mirada
Tal es el tiempo que administro
pleno de arena virginal
discurre al ritmo de la nostalgia
se distrae con cada pájaro
no se agota del silencio
no fija un destino
Las palabras no se forman
esperan su momento
en la placenta de una idea
latente murmullo de ausencia
Desde abajo ves un hombre
que no va a ninguna parte
está absorto en un instante
Tus pequeños pasos son muy largos
para poderlos continuar
El océano desde el cementerio- Fotografía de José Ramón HuidobroSombra
Cargo melancolía en mi equipaje
hace tiempo que no abrazo
sola mi respiración
sola mi voz
solo mi roce
solo mi espejo
solo
Cargo temor en mi equipaje
camino de puntillas
aguanto respiración
escondo rostro
aprieto monedas
observo miradas
evito atajos
Cargo un polizón en mi equipaje
mira con mis ojos
susurra con mi voz
me asusta
solitario como yo
guarda silencio
avanzo envuelto en él
Manillar de Cabra en la vía muerta de Cuamba- Fotografía de José Ramón HuidobroMis manos se habían alargado
agarraron otras manos
y éstas hicieron lo mismo sucesivamente
Entre ellas las espaldas
se ignoraban con orgullo
Los pies se deslizaban a ritmo constante
arrancaban al capricho de un silbido
de una boca que gruñía
una boca que fumaba cigarros puros
y exhalaba un humo que bailaba con el viento
y se mezclaba con bruma de selva
Mis ojos divisaban un horizonte
a la vez que los demás ojos
se cerraban al aguacero
y se abrían para dejar escapar las voces
cuando los pasos se detenían
Sólo un minuto o dos bastaban
los meninos vendían entonces
bananas/gallinas/cocacolas
o el periódico obsoleto
con las esquelas de los pobres
enterrados y olvidados
Atravesé aldeas/montes/ríos
Acaricié adobe/troncos/espuma
Fabriqué ladrillos/balsas/redes
Escuché a niños/mujeres/viejos
Recibí sonrisas/sonrisas/sonrisas
Surqué el cielo de la felicidad
envuelto en nubes de harapos
de colores brillantes/limpios/honestos
hechos de otra paleta
con otros pinceles
que manchaban mi corazón
Las manos se soltaron
las espaldas se alejaron
los ojos emprendieron otros caminos
los pies perdieron el compás
la boca ya no emanaba vapor
resopló por última vez
y gritó un gran silencio
Los raíles solitarios
lloraron abrazados
No es frecuente encontrar un tren
que viaje tan descarrilado
Surf lava más blanco en Pemba- Fotografía de José Ramón HuidobroLa frontera
Es una carretera larga y sinuosa
mancha de gris a la planta carnívora
que traga hatillos de hombres de ida y vuelta
con la mercancía de la subsistencia
regateo de la vida
la línea se estira
en este absurdo rincón del mundo
pintado en un mapa de tiralíneas
las reglas son diferentes
la pobreza es igual
y los hermanos se visitan
con el papel del vagabundo
el del pasaporte de mentira
y el del impuesto de la miseria
los oficiales sobreviven en la frontera
un pobre
un billete
todos son pobres
en este paraíso perdido
Hay una cuota
para la ley
¿la ley?
No hay ley salvadora
escrita con tinta de humillación
caligrafía del abuso
bandera multicolor al viento
negras nubes tosen
Un viejo se balancea viejo
viejo de espíritu
viejo de historia
Mecedora que chirría abandono
van y vienen recuerdos
Todos venden
Todos compran
Nada vale
Todo cuesta
Comerciantes de debajo de las piedras
negocian la nada
y una posada decrépita
ofrece camas, restaurante y bar
Salen las ratas del refugio
muertas de hambre y de sueño
Las nubes revientan su furia
se filtran por los harapos
inundan las miradas que me aprenden
huyen los tratantes
los caraduras
los que no existen
Sinfonía del agua limpiadora
El viejo me ofrece su techo
no habla
sólo medita
cómo murió esta frontera
Él, muerto viviente, espera
La fragilidad- Fotografía de José Ramón HuidobroMalena
porque yo estaba solo
y no buscaba río ni crepúsculo,
no buscaba abanicos,
ni dinero ni luna,
sino mujer quería
Pablo Neruda
Los pasos se deshacían tristes
arrastraban añoranza de huellas
sembradas de palabras dulces
crecidas al amparo de la luna
cuando la luz era amor
y la noche cama
Los labios bebían recuerdos
mojados en lágrimas de besos
derramados en bocas de sueños
que dormían en sus ojos
cuando la sábana era piel
y su pecho almohada
Los brazos extrañaban caricias
susurraban mensajes de oleaje
embravecido por tanta calma
estallaba en lascivo deseo
cuando la arena fue tacto
y el mar conspirador
Las manos tallaron una voz
brotaba un cuerpo de sándalo
sacudido por ansia de náufrago
encallado en su ábrego
cuando el frío fue ardor
y la fiebre inundación
El rostro deformó espejos
trazados con rastros de un nombre
humedecido por vapores de soledad
lagrimeaban pasionales
cuando el cristal fue viento
y el silencio vista atrás
Pescadora de conchas- Fotografía José Ramón HuidobroMenino da rua
A criança que fui chora na estrada
Dexeia-a ali quando vim ser quem sou;
Mas hoje, vendo que o que sou é nada
Quero ir a buscar quem fui onde ficou
Fernando Pessoa
A Antonio, niño de la calle en Maputo
Rodeó el mundo con un alambre
estirado hasta el último confín
caminó por él con el susto de un equilibrista
y llegó a los brazos de aquel salvador
una madre tragaba remordimiento
parir para olvidar bocas
Se alejó para siempre
cruzó el gran río
arribó a la capital
de la mano de un farsante
que le prometió un oso de juguete
y una familia de color luna
En el aeropuerto lloró su espalda
un policía le empujó a la nada
y le robó sus zapatos de domingo
Un alambre estranguló al mundo
apegado a una calle
aprendió soledad
le nacieron ocho ojos y cuatro espaldas
superviviente del asfalto
herido en mil peleas
se hizo un hombre sabio
cultivó mirada astuta
Dice que Mozambique es triste
él sonríe con su boca mellada
licenciado en la miseria
cuenta los dólares que le faltan
para emprender su viaje al Norte
Sueña con abrazar a una madre
sin saber si ella le soñará
Nada que declarar
Hola aeroplano del tiempo
hazme un hueco en tu panza
acurrucado en mi memoria
trato de ser coherente
qué aprendí
qué quiero
excusas de un viaje que acaba
Aeroplano no lo sé
respuestas evaporadas
en nubes de aguaceros
acaricio mi pedazo de hielo
el frío es el mismo frío
el alma se empaña igual
emergen las mismas letras borradas
Aeroplano de ida y vuelta
alza el morro aburrido
las razones de siempre quemadas
combustible de la existencia
empuja mi desconsuelo
Desconozco el suelo
no hay señales de experiencia
Aeroplano ya conoces
el miedo me abriga
la fatiga me agota
otros colores
pintan recuerdos
pero el lienzo sigue en blanco
pincel seco se endurece
Aeroplano arriba en silencio
no despiertes ojos secos
el solitario ha regresado
trafica con dudas eternas
y sueños deformados
En la aduana un hombre débil
nada ha declarado
Playa de Pemba- Fotografía de José Ramón Huidobro
